"A finales de 1876, el profesor Franz Boll (1849-1879) descubrió que la capa externa de la retina posee un color púrpura. Halló que esta superficie se blanqueaba al ser expuesta a la luz, pero retomaba su color original en la oscuridad. Este color púrpura, que Boll llamó sehpurpur (púrpura del ojo), desaperece inmediatamente después de la muerte"
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sábado, 8 de noviembre de 2014

My own Recipes (nº5)

Busco el movimiento ajeno a la voluntad.

Busco liberarme de la carga de la decisión y de la intención.
Busco en el arte de la siega, 
en todas las Artes Mecánicas,
el goce inconsciente y ecuánime.

Busco en la repetición del trabajo manual y en serie
las excelencias del movimiento involuntario.

Pretendo obstinadamente, 
día y noche, 
con férrea determinación, 
hallar en los actos sin reflexión ni cálculo
las delicias de la vida simple.

Busco intencionadamente la NO-INTENCIÓN
y no descansaré hasta encontrarla.

(Así arda mi empeño en el infierno de la testarudez).
* * *

jueves, 23 de octubre de 2014

My own Recipes (nº4)

En tierra do los vicios van tan llenos,
aquellos hombres que no son peores,
aquellos pasarán luego por buenos.

Yo no ando ya siguiendo a los mejores;
bástame alguna vez dar fruto alguno;
en lo demás, conténtome de flores.

No quiero en la virtud ser importuno,
ni pretiendo rigor en mis costumbres;
con el glotón no pienso estar ayuno.

La tierra está con llanos y con cumbres;
lo tolerable al tiempo acomodemos,
y a su sazón hagámonos dos lumbres.

[Juan Boscán]

AMÉN 
[del siglo XVI a octubre de 2014]

viernes, 17 de octubre de 2014

My own Recipes (nº3)

Busca la corrección en lo irreparablemente imperfecto. 
(Otra de las paradojas del ser humano).

1. Hay cosas que se nos asignan casi desde el momento en que nacemos (no quiero caer en el determinismo eximente o en el victimismo desalentador) y que poco o nada podemos hacer a lo largo de nuestra vida para modificarlas o procurar su perfeccionamiento. 
2. Hay otras cosas que torpemente fastidiamos a lo largo de la vida y que poco o nada podemos hacer para corregirlas una vez se tuercen. 
3. También hay otras cosas que se nos estampan en toda la cara en un momento dado de la vida y que poco o nada podemos hacer para modificarlas o eliminarlas de un plumazo.

Hay circunstancias que tristemente no podemos "salvar" porque nos superan en naturaleza, tamaño, fuerza, complejidad... Estas tres generalizaciones expuestas sirven de ejemplo. No obstante, más frecuentemente de lo que desearíamos, nos focalizamos en ellas como si fuéramos grandes mentalistas y pudiésemos hacer magia de la buena para cambiarlas. El fin último de este empeño se me revela en forma de intuición: nada de lo que hacemos –de lo que inventa la mente humana– es gratuito (según las últimas estimaciones cerebrocentristas), todo tiene su razón de ser aunque vaya radicalmente en contra de nuestros ideales de belleza y bondad, o de nuestro anhelo (mucho más racional que emocional, si me permiten esta falsa dicotomía) de felicidad. Seguro que quien esté leyendo estas líneas también lo sabe. Todos podemos intuirlo porque es connatural al ser humano: el movimiento es generado (casi siempre) por un estado permanente de insatisfacción

Simplificando casi pornográficamente una cuestión tan delicada, podría decir que la insatisfacción es esa implacable sensación que a muchos eleva hacia la cumbre y a otros arroja hacia un abismo infinito y sin red. Los elevados a menudo se nos presentan como modelos de conducta, seres míticos que son aclamados por la gran minoría fluorescente y ruidosa. Los arrojados, sin embargo, no se nos presentan porque están lejos de la visibilidad, aunque, paradójicamente, tendrían mucho más que enseñarnos que los elevados. (Establezco esta comparación antitética sin ningún rigor ni meticulosidad, con el único fin de elaborar una metáfora visual y manejable). Entre los elevados y los arrojados está (¿estamos?) la inmensa mayoría de los mortales, unos más ruidosos que otros, pero, en suma, seres adaptados a su circunstancia, cuya insatisfacción es tolerable en dosis más o menos moderadas.

Simplificando deliberada y obscenamente una cuestión tan delicada, también podría decir que la insatisfacción, en una mente sin profundas heridas emocionales, hace caminar al cuerpo siempre hacia adelante; mientras que en una mente dañada y vulnerable, hace caer al cuerpo siempre hacia abajo.
[Añadir a este punto la variable circunstancial "exógena" de cada individuo aumenta de forma exponencial las posibilidades combinatorias que intento simplificar burdamente].

La insatisfacción no es como una aspirina, más bien es como un dolor de cabeza. La circunstancia es disponer o no de una aspirina, ser o no alérgico al acído acetilsalicídico, tener lengua para tragar la pastilla o saber que necesitas tomar una aspirina (entre otras múltiples opciones).Una cuestión fundamental es saber manejarse e incluso "mejorarse" pese al inconveniente sintomático; pero lo verdaderamente esencial es ser consciente de que el dolor de cabeza no es producido por la falta de aspirina.

jueves, 18 de septiembre de 2014

My own Recipes (nº2)

Cuando los sueños te acercan aquí, una realidad perdida se vuelve cauce líquido. Y no queda nada salvo la imagen que con tu pensamiento solo evocas cada vez que pides o cada vez que aceptas un trocito de calendario donde anotar tus horas. Puede ser el cartón, con una imagen de rosas rojas en su anverso, alargado, cuadrado o tri angular, en vórtice muerto, que observas a lo lejos con esos números que indican que cada día es único en su aroma. Y lo ves pasar todo como lo ve el piloto que cae desde un abismo estrellado, en salto mortal hacia otra nube sin techo, tan cerca del suelo que engaña al ojo la forma del fondo. Y te preguntas para qué todo y te respondes para nada y para mucho tal vez, quedándote en eco, en voz disforme y acorchada, como los míos-tuyos-suyos que te devoran por dentro faciendo vida, naciendo de la muerte a secas o de una podredumbre que florece en tibia mariposa. Te quedas muerto o dormido o sin vela y con rumbo fijo hacia ese abismo que nos ensimisma. Te quedas fijo -tú- como estatua de sal que de tanto giro se vuelve tuerca. Te quedas muerto y dormido soñando y sabiendo que todo gira a tu alrededor y todo descansa manso sobre tu eje. Mirando esa imagen te quedas dormido con el brillo en los ojos, sabiendo de sueños y de pesadillas, de luz y de sombras, de caras y bruces. Y distingues palpas intuyes -qué paradoja- y compruebas al fin que en el fondo se ha desgajado la forma.


[¡Hasta pronto, lectores/pasajeros anónimosylenciosos!]

domingo, 14 de septiembre de 2014

My own recipes (nº1)

El humor es una de las mejores formas de combatir determinadas subjetividades plomizas. Es también un arma de un solo filo si se sabe utilizar en el momento adecuado y con la intencionalidad precisa. Mediante el humor se generan nuevas perspectivas y uno se distancia con más facilidad del sufrimiento. Hay que tenerlo muy en cuenta,  no solo como elemento evasivo o de entretenimiento audiovisual, sino como otra manera de formular hipótesis cotidianas, rutas estratégicas, reinterpretaciones ocurrentes, y sobre todo: como antídoto eficaz contra cualquier exceso de yoísmo (= pandemia del siglo XXI en las sociedades occidentales u occidentalizadas). Sería demoledor integrarlo conscientemente en nuestro día a día y decirnos cada vez que asumimos el tremendismo como única vía de escape a todas nuestras frustraciones: eh, tú, ¿de qué te quejas, cara-teja? Jugar con las palabras y convertirlas en risa, como solíamos hacer de niños… (o al menos así lo recuerdo), ir ensartando palabras parónimas hasta formar toda una parrafada sin sentido pero graciosísima, como una velada dadaísta, pero sin violencia, sin truculencia, sin tanta excentricidad y narcisismo... Nos suele desconcertar lo imprevisible, pero a veces ese desconcierto es el trampolín que el humor inteligente usa para dar el gran salto; es el impulso ocurrente, grandioso, panzudo y chillón que todos necesitamos de vez en cuando. [La vida es ya demasiado pesada como para añadirle kilos, pienso, cada vez que me subo a la báscula y basculo]. Juguemos a desconcertarnos como melones. Chupemos limones hasta quedarnos sin paletos, como le pasó al melón aquel, que se reía a carcajadas cada vez que le visitaba el dentista para averiguar por qué se le desgastaban los dientes… Al señor melón le encantaba chupar limones por las mañanas porque decía que ese era su elixir de juventud. El señor melón sabía de lo que hablaba porque había vivido ya más de ochenta farys chupando limones... Yo cada vez que me hago un zumo de limón me acuerdo de mi amigo melón y pienso en vivir tantos años como desdenteras, porque, al fin y al pavo, todo es cuestión de echarle guindas, ganas y sal.